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IN MEMORIAM CARLOS JAIRO VESGA

Por Michel Hermelin Arbaux

IN MEMORIAM

CARLOS JAIRO VESGA

Mi abuelo -un campesino que vi por última vez cuando él tenía 83 años, aunque murió 12 años más tarde- me decía que el drama de volverse uno viejo, es que las salidas más comunes de la casa tienden a ser las que se hacen para acompañar a los amigos al cementerio.

Duele mucho la muerte de un compañero con quien uno ha compartido vivencias cercanas, tal vez más que la de un pariente lejano. Duele sobre todo si es alguien con quien uno se ha sentido cómplice, asociado a un mismo ideal.

Hoy me golpea de frente la noticia de la muerte, inesperada y demasiado temprana, de alguien a quien estimé y quise por sus cualidades tanto profesionales como humanas: Carlos Jairo Vesga, que nos dejó segado por un fatal infarto.

A Jairo lo conocí en las épocas -que tal vez en forma abusiva los geólogos de mí generación llamamos heroicas- del inicio del Inventario Minero. Los del Grupo IIB, liderado por Tomas Feininger desde Medellín, vivimos entonces una actividad geológica y personal intensa, la cartografía de la franja oriental de la Cordillera Central en Antioquia. Comisiones de tres semanas en zonas alejadas y por cierto difíciles. Ahí nos conocimos, jóvenes egresados de Bogotá y de Medellín, animados del generoso deseo de aprender geología y de descifrar ese arrugado territorio colombiano. Hernando Lozano, el Gordo Rivera, Jorge González, Néstor Castro y otros muchos.

Volví a ver a Jairo en 1977, cuando fui nombrado director de Ingeominas. Jairo había pasado de Medellín a Ibagué y había sido encargado de la subdirección de oficinas regionales, cargo en el que no vacilé en confirmarlo. Siguieron tres años de intensa colaboración que me permitieron apreciar mejor que nadie su calidad humana y su agudo conocimiento de la realidad geológica colombiana. Jairo era una persona dotada de la envidiable cualidad de apreciar al ser humano en su justa medida: discernir al líder, ayudar al principiante y estar siempre atento para intervenir en la solución de situaciones difíciles, en el acertado análisis de los problemas, en la preocupación por ayudar a los demás y por la trascendencia que significa manejar una entidad tan dispareja como era el Ingeominas en esa época. Jairo fue un asesor valioso, un conocedor íntimo de los dramas que debe a veces afrontar el geólogo de campo, el amigo que recordaré siempre por su lealtad y su sentido crítico, porque esas facetas de la naturaleza humana no pueden ir sino unidas.

Su modestia excesiva, su respeto para el otro, su cálido acompañamiento me hicieron tolerable el ejercicio del poder, fascinante para algunos pero agotador para quienes creemos que consiste en crear circunstancias para un ideal de servicio y de aporte para la sociedad.

Desde la profunda tristeza que me agobia por la pérdida de un amigo, que si bien no fue cercano en los últimos años, siempre consideré como entrañable, recuerdo a Jairo como a una persona noble, generosa, profundamente motivado por ese extraño empeño que tenemos los geólogos: la satisfacción a veces amarga que nos produce el arrancarle a la madre tierra sus secretos arcanos y sus verdades aún misteriosas.

Descansa en paz, Jairo. Que la tierra, nuestro común denominador, te acoja en su seno y te dé la tranquilidad que seguramente habrías merecido disfrutar desde hace mucho tiempo en una senectud apacible. Los que te conocimos, te apreciamos y te quisimos no te olvidaremos, porque a pesar de las dificultades que tuviste que afrontar durante tu vida, fuiste sincero, leal y bien intencionado, además de ser un geólogo ejemplar.

Michel Hermelín Arbaux

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